Nadie puede dudar que las hierbas y las plantas sean auténticas servidoras del hombre; casi mejor diríamos sus esclavas. En efecto, desde los tiempos más antiguos, la Humanidad se ha servido del reino vegetal como de un manantial inagotable de bienestar, comodidades y utilidades, que han hecho la vida sobre nuestro planeta más sencilla y placentera.
Naturalmente, las plantas y las hierbas han contribuido al bienestar humano especialmente mediante tres aplicaciones de las mismas:
La primera ha sido el servicio de las flores, esos
maravillosos órganos vegetales, ornato y delicia de la vista, deleite y descanso del olfato, por sus colores vistosos y por sus aromas penetrantes y perfumados.
En segundo lugar, el hombre se ha servido de las hierbas y las especies como condimento y alimento primordial, tanto por medio de las hortalizas, como de los árboles frutales, las leguminosas, los cereales, etc. Y finalmente, las plantas, en este caso casi especialmente las hierbas, proporcionan los medicamentos necesarios para el alivio y curación de la mayoría de enfermedades conocidas, incluyendo las infecciosas, por medio de la penicilina y sus derivados.
Y sin embargo, no son solamente éstas las aplicaciones exclusivas de los elementos del reino vegetal, puesto que son tantas y tan excelsas sus virtudes que apenas existe nada práctico en lo que no puedan intervenir las plantas, ya con algunas de sus partes, como tallos, flores o frutos, va con sus derivados, sujetos más o menos a diversas manipulaciones.
Una de las aplicaciones del reino vegetal para el bienestar del hombre es el cuidado y la conservación del hogar. En el caso concreto que ahora nos ocupa nos referiremos a la combustión de las hierbas y las especias, con las que se pueden obrar verdaderas maravillas.