Un buen puro es un regalo para los sentidos, es para disfrutarlo en un ambiente de tranquilidad, ya sea en privado o en compañía de amigos cercanos, que también disfruten de los puros.
Antes de encender un puro, hay que comprobar su condición. Se debe sujetar entre los dedos índice y pulgar ejerciendo una ligera presión. Si el cigarro está en buenas condiciones, será suave al tacto. Algunos fumadores hacen un gran show al darle vueltas cerca del oído, pero esto solo contribuye a arruinar la capa.
El humo nunca debe tragarse. Hay que expulsarlo después de disfrutar su sabor. Las caladas tienen que estar separadas por un intervalo de tiempo razonable, debido a que es importante evitar que se apague; no hay que fumarlo de prisa ya que el cigarro se sobrecalentará y su sabor se volverá más amargo.
El sabor del puro empieza a cambiar más o menos cuando va a la mitad. Se hace un poco más amargo. Tampoco es muy propio fumarlo hasta el final, ya que empieza a desprender olores mucho más duros que el suave aroma del inicio y el sabor que dejará en la boca acabará con el paladar que ofrecía al principio.
Un puro de buena calidad producirá una ceniza larga y firme. Esto es un buen signo. Nunca se le debe golpear contra el cenicero para deshacerse de la ceniza. Ni desprenderla continuamente. Hay que dejar que forme una larga cola, la cual se desprenderá por sí misma. No hay que apagarlo contra el cenicero, simplemente se le debe dejar morir solo. Una vez apagado es mejor retirarlo, ya que la fragancia acabará convirtiéndose en mal olor.
Esta ceremonia asociada al corte, encendido y goce de un buen puro, causa gran placer y relajamiento.